Mendel el de los libros y el olvido

Cada semana en la librería repongo un pequeño libro de poco más de 50 páginas llamado Mendel el de los libros. A veces se venden todos los ejemplares antes de que llegue la reposición, lo que hace que tenga mayor curiosidad e interés por leerlo. Ya intuía que tratándose de un tema vinculado a los libros, que cuenta la historia de un “librero de viejo”, iba a gustarme, por lo que fue uno de los primeros que incluí en mi lista de títulos para este verano. 

Esta última mañana de domingo del mes de agosto me pareció muy apropiado empezar a leerlo. Siguiendo con la tradición hoy no podía faltar la sección “Lecturas de domingo”, que publicamos cada semana en Instagram. Y esta vez, como tengo más tiempo libre, puedo aprovechar para escribir este artículo en el blog hablando sobre el título elegido.

Aunque intento desconectar de la librería y leer libros de otras temáticas, debo reconocer que me resulta muy complicado no pensar en mi querida librería y en los libros que me esperan a la vuelta, así que fui directa a la bolsa de tela específica para transportar mis lecturas pendientes y saqué este librito.

Mendel el de los libros fue escrito por Stefan Zweig en 1929, y es una triste pero maravillosa historia sobre el talento excepcional de un librero. 

Imposible no sacar el cuaderno y anotar algunas de la afirmaciones y reflexiones que Zweig hace en el libro. Hay muchas otras, pero estás son las mías que, además de compartir con los lectores de este texto, quiero dejar por escrito aquí para poder releerlas cuando necesite recordarlas, porque estoy segura de que volveré a ellas una y otra vez.

No es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta, lo que hace que Zweig sea considerado un autor tan brillante. Elegir leer cualquiera de sus textos es un acierto seguro, pero este especialmente me ha gustado tanto que necesito escribir sobre él para no olvidarlo.

Apenas había leído las primeras cinco páginas y mi pluma corría velozmente sobre el papel transcribiendo el primer párrafo que necesitaba recordar, porque hace alusión a un acto que yo experimento habitualmente cuando leo, escribo o cuando toco e violín, el de la concentración absoluta. Ese estado que consigue abstraerte del ruido (ambiental y mental) y centrarte en el momento presente y en lo que estás haciendo. 

Un estado que en la filosofía japonesa se denomina Ikigai y que tan bien describe en su libro publicado en 1990 Flow, (Fluir: La psicología de la experiencia óptima) el psicólogo, sociólogo, antropólogo y profesor universitario húngaro-americano Mihalyi Csiksentmihalyi, que habla de “los estados de experiencia óptima”, un estado de conciencia que denomina “fluir”. Yo de forma instintiva lo practico desde niña y puedo describir ese estado, en mi caso, como de perfecta comunión entre lo que haces y tu conciencia, en el que te sumerges cuando estás concentrado en una tarea, que te produce tal deleite que consigue hacer que todo lo demás no exista, parando el tiempo y abstrayéndote del espacio o el lugar en el que te encuentras. Nada ni nadie puede entrar, no hay ruido ni pensamiento que pueda distraerte, se trata de la concentración plena.

Algo que te produce un estado de felicidad y satisfacción personal, porque no lo haces por obligación sino simplemente por el deleite infinito, un acto introspectivo cuya finalidad es hacer tu trabajo lo mejor posible sin esperar la felicitación o el reconocimiento, tan solo por el gusto de intentar hacer las cosas lo mejor posible. 

Hablando en algunas ocasiones con otras personas sobre este tema me comentan lo difícil que les resulta alcanzar este tipo de concentración, y lo entiendo, porque hoy en día con las tecnologías, la inmediatez y la total disponibilidad es muy difícil no sucumbir a las tentaciones de las distracciones, pero si lo que haces, y realmente te satisface, aprendes a manejar estos “roba tiempos”. 

De este estado nos habla Zweig cuando describe al personaje protagonista del libro:

En Jacok Mendel, aquel pequeño librero de viejo de Galiztia, contemplé por primera vez, siendo joven, el vasto misterio de la concentración absoluta, que hace tanto al artista como al erudito, al verdadero sabio como al loco de remate, esta trágica felicidad y desgracia de la obsesión completa”.

El narrador escribe el texto en primera persona, una historia que vuelve a su recuerdo cuando visita un antiguo café que le resulta familiar. Cuenta que Mendel “habría sido de provecho para las ciencias, una adquisición sin igual para esas cámaras del tesoro público que llamamos bibliotecas. Pero ese mundo superior a él, a ese pequeño librero de viejo de Galitzia sin formación, que apenas había pasado más allá de la escuela talmúdica, le estaba para siempre vedado. Así, aquellas dotes fantásticas tan sólo podían practicarse como una ciencia oculta sobre la mesa de mármol del café Gluck.”

Qué maravillosa forma de describir las bibliotecas, he pensado, “cámaras del tesoro público”, le da tanto valor a lo que son las bibliotecas y a los libros, que denomina “tesoro“, que de nuevo he tenido que anotar la cita en mi cuaderno. Veinte páginas y ya podía confirmar sin lugar a equivocarme que la lectura de este librito iba a ser, no un aperitivo de domingo, sino un suculento manjar que rememorar para satisfacción propia.

Cinco páginas más y de nuevo, de una forma deliciosa, describe la conversión de nuestro protagonista, Mendel, del judaísmo al politeísmo:

Treinta y tres años antes, todavía con la barba suave, de negras guedejas, y los ensortijados tirabuzones en las sienes, un jovenzuelo encorvado y de corta estatura, había venido del Este a Viena a estudiar para rabino, pero pronto había abandonado al riguroso Dios único, Jehovav, para entregarse al politeísmo brillante y multiforme de los libros.”

Lo he releído dos veces con la misma satisfacción. ¡Qué forma tan sencilla y poética a la vez de explicar lo que para Mendel fue un descubrimiento, una vocación, una pasión… el mundo de los libros! Aquí ya estaba rendida a la historia y, una vez más, al talento de Zweig.

Y sigue en la misma página como narrador omnisciente diciendo:

“… Jacob Mendel miraba a través de sus gafas y desde aquella mesa cuadrada ese otro universo de los libros, que asimismo gira eternamente y renace transformado, aquel mundo sobre nuestro mundo.

El narrador reflexiona sobre ese personaje que aun recuerda y sobre la importancia que había tenido, sobre su excepcionalidad, que justo en ese momento comprende:

Sólo entonces, al cabo de los años, comprendí cuánto es lo que desaparece con semejantes seres humanos. En primer lugar, porque todo lo que es único resulta día a día más valioso en un mundo como el nuestro, que de manera irremediable se va volviendo cada vez más uniforme. Y además, llevado por un hondo presentimiento, el joven inexperto que fui había sentido un gran aprecio por Jakob Mendel. Gracias a él me había acercado por primera vez al enorme misterio de que todo lo que de extraordinario y más poderoso se produce en nuestra existencia se logra a través de la concentración interior, a través de una monomanía sublime, sagradamente emparentada con la locura”.

La locura… esa etérea e indefinida forma en la que muchas veces se manifiesta la cordura, la diferencia y hasta la inteligencia fuera de lo común, como en el caso de Mendel.

Y para dejar ese regusto en el paladar un último bocado, dice el narrador en primera persona:

“… Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel el de los libros durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defenderlos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”. 

Y así es como uno de los libros de mi lista de pendientes de este verano, ha pasado a mi lista de favoritos, una joya que voy a guardar en mi biblioteca personal y de la que no voy a olvidarme.

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María Fernández

Mendel el de los libros, de Stefan Zweig.

Publicado por la editorial Acantilado y traducido del alemán por Berta Vias Mahou.

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